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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentos

Si señorita, mi mamá se llama Blancanieves

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Elsa Bonermann - - El 24 de mayo muchos maestros y otros tantos alumnos recordaron a Elsa Bornemann. Para todos aquellos a quienes interese, aquí sus datos biograficos.  Elsa Isabel Bornemann, hija de un relojero alemán y de una argentina descendiente de portugueses y españoles, nació en el barrio de Parque de los Patricios de la ciudad de Buenos Aires. "—¡Bornemann, Elsa! "—Presente, señorita. "—Muy bien, ¿nos puede decir el nombre de su mamá? "—Sí. "—A ver, díganos. "—Blancanieves. "'La carcajada de todo el grado no le hizo mella, ni entonces ni después. Cada una de las veces en que la maestra preguntó, ella respondió lo mismo. Que su mamá se llamaba Blancanieves Fernández, y que era cierto. 'Cada vez que yo decía Blancanieves, todos empezaban: Ja ja, la mía Caperucita, la mía Cenicienta. Se creían que era un invento.' "Pero no. Blancanieves Fernández es morena, descendiente de port...

Las torpezas de la adultez

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Jorge Alberto Estefanía, novel escritor, tuvo la gentileza de pedirme que presentara su libro "Cuentos de Dionisia". - - Su lectura fue para mí una revelación. Una ópera prima mas que interesante si se tiene en cuenta la juventud del escritor y la carencia de libro escrito sobre las historias de Dionisia -hoy Ciudad Comandante Nicanor Otamendi- que durante años han pasado de boca en boca, pero que nunca trascendieron los límites locales y hoy ya tienen una oportunidad de trascender. Historias parte realidad parte fantasía, si es que esos conceptos se corresponden con alguna visión particular de los hechos de la vida, pero adjudicadas a personas que viven o vivieron en Dionisia. Por ello el escritor con prudencia los ha llamado "cuentos ". Palabra que puede significar tanto, la narración indiscreta de un suceso, como un relato producto de la imaginación. El fragmento que sigue corresponde se corresponde con uno de esos "cuentos" La fantasm...

Uno de los DOCE CUENTOS PEREGRINOS de Gabriel García Màrquez

LA SANTA Veintidós años después volví a ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas secretas del Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre y las ropas funerarias de letrado andino con que había venido a Roma por primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a poco de las perfidias de sus años y volví a verlo como era: sigiloso, imprevisible, y de una tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle la pregunta que me carcomía por dentro. — ¿Qué pasó con la santa? — Ahí está la santa — me contestó—. Esperando. Sólo el tenor Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pensé que Margarito Duarte era el personaje en busc...